Reseña lectura: artículo de Larra «Vuelva usted mañana».

Puedo decir que me quedé sorprendida por este artículo porque normalmente soy fan de la literatura moderna, las obras del siglo XIX no me atraen, pero «Vuelva usted maňana» me gustó.

A pesar del lenguaje del autor (que no es nada fácil y especialmente para mí porque soy extranjera), el tema es tan candente que parece un artículo de actualidad. No diría que la pereza es el problema solo de los españoles, todos los seres humanos sucumbimos a este «pecado». Lo que sí es cierto es que en el funcionamiento de muchos organismos públicos en Espaňa la pereza o procrastinación -ya sabemos: dejar para mañana lo que puedes hacer hoy- es un rasgo bastante llamativo. Yo misma he sufrido la experiencia: esperar y esperar…

Larra, a través de una historia real, está criticando a sus compatriotas y a sí mismo también; lo hace con el humor y la autoironía («de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza«). Pero hay una cosa más que me llamó la atención: es lo que dice sobre el problema de la inmigración. Los beneficios (sobre todo dinero) que pueden traer a España los inmigrantes legales podrían ser mucho más grandes si no fueran tantas las barreras económicas y la procrastinación. Sin dudas, aconsejaría los artículos de Larra para los lectores del siglo XXI.

¡Gracias Ekaterina! Invitas a leer. Ese era el objetivo.

Ekaterina Maksimova. FB Pastelería.

Texto completo de Mariano José de Larra, «Vuelva usted mañana» http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/vuelva-usted-manana–0/html/ff7a5caa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html:

El texto comienza así:

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Vuelva usted mañana

Mariano José de Larra

[Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Pobrecito Hablador. Revista Satírica de Costumbres, por el Bachiller don Juan Pérez de Munguía (seud. de Mariano José de Larra), n.º 11, enero de 1833, Madrid; paginación en color azul.]

Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica,estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y pregunta si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.

Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.

Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.

Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.

-Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.

ALUMNOS DE COMPETENCIAS NIVEL III Y GRADO SUPERIOR: un nuevo texto para comentar, aunque algo más complicado. Ahí lo dejo…